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jueves, 21 de mayo de 2026

Porto, buen gusto y otras formas de aprender

Porto fue así para mí: una ciudad húmeda, elegante y ligeramente melancólica, donde las fachadas desconchadas parecen perfectamente pensadas y donde incluso los Mc Donalds tienen mejor construcción del gusto que muchas personas. Llegué allí gracias a una estancia Erasmus+ como profesora de observación en la EASP (Escuela de Arte de Oporto), y acabé aprendiendo muchas más cosas de las que esperaba. Porque viajé pensando que iba a observar cómo trabajan otros docentes, y terminé observando también cómo la luz entraba en las aulas, o cómo una ciudad entera parece defender la idea de que vivir despacio sigue siendo una forma de inteligencia. 

Lo primero que me llamó la atención del sistema educativo portugués fue la calma. No una calma rígida ni silenciosa, sino esa sensación de que las cosas tienen un ritmo humano. Las aulas parecían menos obsesionadas con la velocidad y más interesadas en el proceso. Había algo profundamente didáctico en la manera en que el profesorado se relacionaba con el alumnado: cercanía sin espectáculo, autoridad sin tensión. Observé una enseñanza donde la creatividad y la autonomía no eran palabras decorativas escritas en una programación, sino algo que realmente atravesaba la práctica diaria. 

    
 
Y luego estaban los espacios. Dios mío, los espacios. 

Las instalaciones del centro tenían esa belleza discreta que no necesita presumir. Mucha luz natural, materiales cuidados, paredes limpias, y un diseño totalmente hecho para la práctica docente. Todo parecía decirle al alumnado: “merece la pena cuidar el lugar donde piensas”. Me impresionó especialmente la convivencia entre tecnología digital y tecnología analógica. Claro que había recursos modernos, pero no existía esa ansiedad por convertir cada minuto en una pantalla encendida. Había cuadernos. Había papel. Había materiales físicos. Había tiempo para hacer cosas con las manos.
 

Vi cómo el alumnado trabajaba con herramientas analógicas que obligaban a pensar de otra manera: más despacio, más atentos, más presentes. Allí comprendí que innovar no siempre significa añadir más dispositivos, sino a veces recuperar procesos que permiten observar, tocar, corregir y equivocarse sin prisas. Los espacios nos enseñan constantemente qué merece atención y qué no. En Porto sentí que existía una conciencia muy clara de que la belleza puede formar parte de la experiencia educativa cotidiana. No como adorno, sino como una forma de respeto. 

Respecto a la práctica de idiomas,  ya sabía algo de portugués antes de llegar a Porto, pero este año además había estado estudiándolo, así que la ciudad se convirtió en una especie de examen continuo y bastante encantador. Tiene  musicalidad, como si todo el mundo estuviera hablando suavemente desde una película antigua. Empecé a entender conversaciones ajenas en cafeterías, a pedir cosas sin pensar demasiado y a disfrutar esa cercanía confusa entre el español y el portugués, donde las palabras parecen primas elegantes. También practiqué mucho inglés con otros docentes y participantes internacionales, en esa mezcla típicamente Erasmus+ donde nadie habla perfecto pero todo el mundo consigue entenderse.
 

Fuera del horario escolar, Porto seguía enseñando. La Fundación Serralves fue una de esas visitas que consiguen mezclar arte, arquitectura y silencio de una manera casi perfecta. Allí pude ver obra de artistas como Christian Boltanski, Marcel Broodthaers, Jannis Kounellis, Mário Merz o Bruce Nauman. También visité el Centro Portugués de Fotografía, un lugar fascinante instalado en un antiguo edificio lleno de historia: la antigua Cárcel. Me impresionaron especialmente las fotografías de Vivian Maier y esa manera tan delicada de retratar la infancia: niños serios, libres, vulnerables, capturados en escenas cotidianas que parecen contener una vida entera. 

En The Worst Tour of Porto,  hablamos de urbanismo, turismo, desigualdad y conciencia de clase mientras recorríamos barrios y calles que cuentan otra historia de Porto: una ciudad hermosa, sí, pero también compleja y profundamente marcada por los cambios sociales y económicos. 

Volví de mi estancia Erasmus+ con nuevas ideas para mi práctica docente, y aprendí que una escuela puede educar también a través de la luz, del silencio, de la disposición de las mesas y de la belleza . Que la tecnología no siempre necesita pantallas. Que hablar otros idiomas te vuelve más flexible, más curiosa y un poco más valiente y confirmé algo que ya sospechaba: viajar sigue siendo una de las mejores formas de aprender. 

Especialmente en ciudades como Porto, donde incluso la lluvia parece tener criterio estético. 

Lucía Trobajo Voces. Profesora de Plástica.

lunes, 8 de septiembre de 2025

Cursos de formación en Lisboa (Portugal)

Celia y Noemi, dos profesoras del IESO la Pola de Gordón hemos tenido la suerte de poder disfrutar de uno de esos regalos con los que a veces te obsequia la vida, bueno, más bien la vida empujada por la coordinadora del proyecto Erasmus de nuestro instituto Rocío, muchas gracias compañera.

El regalo consistía en participar en un curso que bajo el título “Welbeing in nature: outdoor activities for mental and physical health” nos iba a permitir ampliar conocimientos y estrategias para el desarrollo de nuestra profesión, establecer nuevos contactos con profesores de otros lugares de Europa y conocer una nueva ciudad, todo ello a lo largo de seis días entre el 28 de julio y el 2 de agosto y con una duración de 30 horas.

Nos trasladamos a Lisboa, lugar donde se desarrollaría el curso, con la creencia de que íbamos a encontrarnos con una bonita ciudad, primer error, nuestras expectativas, como diremos más tarde, se vieron superadas con creces. 

La coordinadora del curso Beatriz Canas Mendes nos recibió con una gran sonrisa que no desapareció de su cara en ningún momento. Se esforzó continuamente por motivarnos, minimizar las dificultades con las que no íbamos encontrando en especial con el manejo del inglés, establecer unas clases participativas…todo un lujo de coordinadora. Las primeras horas se centraron en conocernos todos los participantes a través de diferentes dinámicas de grupos y mostrar a los demás los institutos de donde procedíamos y sus características. Había compañeros de Italia, Polonia, Alemania, Lituania, Martinica e Irlanda, la variedad de experiencias que allí compartimos fue muy amplia, desde observar el trabajo y las instalaciones de un colegio de infantil y primaria en Alemania, a un centro de secundaria solo masculino en Irlanda, pasando por un instituto situado en el paraíso de la Martinica o un centro con unas increíbles instalaciones en Polonia.

La siempre entusiasta Beatriz comenzaba sus clases con la técnica KWL (saber, quiero saber y aprendí) y bajo esa premisa fuimos analizando a lo largo de los días diversos aspectos relacionados con la salud emocional, su importancia y como trabajarla en el aula. Temas como las inteligencias múltiples de Goleman, la indefensión aprendida de Selligman o el concepto de biofilia aplicado a lo escolar. Siempre con clases dinámicas, con actividades variadas y en diferentes lugares, no solo estuvimos en un aula al uso, impartimos clases en la playa, en un espacio natural cercano a la ciudad y en el edificio y parque Gulbenkian. Si las actividades y los lugares fueron variados, no lo fueron menos los materiales, nos descubrió la plataforma online Goosechaase que permite crear y gestionar búsquedas del tesoro y como aplicarla en la enseñanza, diversos tipos de cartas, pelota gigante con preguntas para reflexionar…

No quiero terminar lo relacionado con el curso sin hacer una especial mención a nuestra compañera de Martinica, Carole, estupenda persona y todo un ejemplo de cómo gestionar las emociones.

Hasta aquí nuestro brevísimo recordatorio sobre nuestra experiencia como alumnas, ahora os relatamos la otra experiencia, Celia y Noemi viajeras.

Es difícil que no te enamore una ciudad cuando la persona con la que haces la visita es la mejor que se puede desear, pero además de la inmejorable compañía, la ciudad es un absoluto deleite.

Ciudad vivida, en la que no sientes que sus calles, barrios y plazas sean un decorado para turistas, al contrario, a pesar de los muchos turistas todavía la ciudad es de los lisboetas y de sus quehaceres.


Preciosos miradores, no nos dio tiempo a visitarlos todos, se impone volver. Maravillosa gastronomía, balao en sus 365 especialidades, solo pudimos probar unas seis o diez, magníficas natas, a pesar de que lo intentamos no nos dio tiempo a comerlas en todos los lugares que han sido premiados por su elaboración, excelentes vinos y ginja, de esto no hablamos…se impone volver.


Los mejores guías turísticos que te puedas encontrar, en si mismos un espectáculo, nos quedó mucha ciudad por recorrer con ellos, se impone volver.

Historia a raudales, con él antes y el después del terremoto de 1755, el Monasterio de los Jerónimos, la Torre de Belén transmutada en obra conceptual al reflejarse en el Tajo envuelta en andamios, habrá que volver para ver ese reflejo sin los andamios.

Museo del azulejo, fachadas con azulejos inundando los diferentes barrios, y entre ellos la Alfama, dando sus últimos coletazos frente a la gentrificación, se impone volver y pronto.

Tranvías desafiando la gravedad o algún otro fenómeno físico, los fados, las tabernas, Pesoa y sus heterónimos, la librería más antigua del mundo… ¡por Dios qué maravilla, se impone volver!

Pero llega el sábado, la realidad despierta, y las viajeras mal que les pese deben volver a sus obligaciones. Bueno, de camino una última paradina para un breve paseín por Sintra. Ciudad de cuento y con un puñado de lugares mágicos que no pudimos visitar por falta de tiempo.


Conclusión, se impone volver.

Celia Francisco Ferrero y Noemí Aller García