El río Bidasoa separa España de Francia. Es la frontera natural entre el País Vasco y el País Vasco francés. En el mes de noviembre, TVE emitió una miniserie llamada La Frontera que terminó en el puente sobre el Bidasoa, donde España y Francia se dan la mano. Cuando viajo con alumnos, al cruzar ese puente, siempre les hago levantar la cabeza de sus teléfonos móviles para ser testigos, desde sus asientos, de ese momento en el que de repente, todo cambia. Magia. Las panaderías se convierten, en el acto, en boulangeries; las farmacias en pharmacies.
Las movilidades Erasmus+ tienen
algo también de esa magia trasformadora; ver la vida en otro idioma transforma
la perspectiva que tenías del mundo hasta ese momento: mismo perro con distinto
collar. Ponerse un collar distinto de vez en cuando sienta bien y nos enseña
quienes somos.
Acompañar a Haya en este
viaje ha sido como tener un déjà vu.
Al igual que ella, yo también atravesé ese puente por primera vez en un autocar
donde viajábamos alumnos de 4º ESO a pasar 3 días a pocos kilómetros de San
Sebastián de la mano de mi profesora de francés. No disfrutamos, en cambio, de becas
ni intercambios, ya que a finales de los 90, el programa Erasmus+ no se había
inventado todavía. Gracias al programa Erasmus+, en nuestro viaje a Dol-de-Bretagne
a principios de enero, Haya y yo sabíamos, de antemano, que alguien nos
esperaba al otro lado de la frontera, nos acogería y nos tendería la mano para
hacernos sentir como en casa a mil kilómetros de la nuestra.
Irse de Erasmus es una aventura emocionante. Alejarse de donde venimos y acercarse a donde vamos hace aflorar emociones que no conocíamos hasta entonces y que, sin embargo, ayudan a conocernos mejor; a nosotros mismos y a los demás. Irse de Erasmus es, a fin de cuentas, conocer otras maneras de vivir y, nunca mejor dicho, ponerse en el lugar del otro.
Laura García franco, profesora de Francés.